Comparado con el de la tierra del viajero, el verano caluroso de verdad en Varsovia se asoma unos escasos días al año, especialmente en julio. Para compensar el calor del día, las noches se pasan entre tormentas restallantes, de mucho ruido y pocas nueces, y una lluvia que refresca el ambiente.
En uno de esos tórridos días, al viajero se le ocurrió acercarse a ver la nueva sede del Museo del Ejército Polaco en la antigua Ciudadela de Varsovia, con el Vístula a las espaldas y la plaza de armas justo al lado. El otro museo, el antiguo, ya lo visitó años atrás en otro lugar, pero en invierno. Pocas veces ha pasado más frío. Se ve que el viajero calcula bastante mal las ocasiones o que sólo sabe escoger los extremos para ver cachivaches añejos.
El edificio nuevo puede ser todo lo vanguardista que se quiera, pero al viajero le pareció adentrarse en un hangar o almacén frío y poco acogedor. Dentro, la luz sólo la reciben de pleno los objetos en exposición y lo demás, incluido uno mismo, cuenta poco o nada porque está de paso. Como de paso estaba un grupo de soldados, del tamaño de una compañía, que el viajero se topó en una sala. La mitad de ellos seguía con atención la charla que les daba un joven auxiliar del museo junto a una vitrina y la otra se repanchingaba por los asientos con hartazgo y cansancio. Unos cuantos más se afanaban cargando un camión aparcado junto a una salida de emergencia. El viajero echó cuentas a su albedrío y le salió que sólo la mitad de este personal sería apto para enfrentar la tormenta que se asoma por el Este como la moneda falsa, que siempre vuelve.
Por lo demás, el viajero se entretuvo en tomar algunas fotos dispersas, sin fruición ni plenitud, y se conoce que con poco acierto, viendo los resultados.♦


























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