Envidia, el monstruo de verdes ojos

vice&virtue2Permítame el lector comenzar con un poco de erudipausia. Dice Shakespeare a través del personaje de Yago en Othello:

O, beware, my lord, of jealousy;
It is the green-ey’d monster, which doth mock
The meat it feeds on […]

Oh, guárdate, mi señor, de los celos;
Son el mostruo de ojos verdes, que se burla
de la carne de la que se alimenta […]

En este pasaje, Yago previene a su señor Otello contra los celos que tiene de su mujer, Desdémona, y que serán la causa del fatal desenlace de la obra. Esta debe ser una de las citas más antiguas en las que se relaciona a los celos con el color verde. Si Shakespeare empleó esta relación varias veces en sus obras tal vez se debió a que para su público era de uso común el hacerlo. En español usamos también esa correlación entre “humores” y colores. Así hablamos de estar “verde de envidia”, “rojo de ira” o “pálido (blanco) de miedo”. Hay quien dice que esta relación tiene que ver con el concepto de la medicina antigua que ponía en relación los fluidos corporales con los humores, o caracteres predominantes en las personas. Así, el color verde o negro se atribuía a la bilis. Y por ir trayendo todo esto hacia el terreno modelístico, ahora recuerdo que hay un color de la gama de Vallejo denominado “verde vejiga”, curioso.

Los celos no son exactamente iguales a la envidia, aunque se alimentan, parece, del mismo pozo siniestro: la comparación. Se llama a menudo “celos profesionales” a lo que no es sino lisa y llanamente envidia,  por eso yo restringiría los celos al ámbito de las relaciones de pareja o familiares, a la célula más próxima a cada criatura humana, y dejaría la envidia para todo lo demás, que no es poco.

Como pasa con otros vicios y virtudes del modelista, quien es envidioso en el sector del plástico y la pintura, lo más probable es que también lo sea en otros terrenos. y envidiará el coche del vecino, la suerte de su cuñado o lo que gana el tontaina de la tienda del barrio, que no sabe hacer la O con un canuto. Vaya usted a saber, porque hay quien tiene envidia hasta de su sombra.

Para distinguir la envidia pura y dura de la otra que llamamos “envidia sana”, llamaré a esta última emulación. Emular no es sino “seguir el ejemplo de”, hacer algo “a la manera de”. Una especie de imitación que se hace por motivos distintos a los de la simple imitación. Así, diremos que cierto humorista imita al Rey, no que lo emula. Sin embargo sí se podría decir que una cría de chimpancé emula a sus padres en la búsqueda de comida. Parece, pues, que emular es imitar para aprender. Dice el diccionario de la RAE, que emular es “imitar las acciones de otro procurando igualarlas e incluso excederlas” y añade que tiene sentido favorable. Exacto, ahí le han dado.

Muchos modelistas conocidos tienen legiones de émulos: Miguel “Mig” Jiménez, Verlinden (en tiempos), J. M. Villalba, Tony Greenland y muchos otros son o han sido seguidos, perseguidos y copiados en sus técnicas y maquetas por modelistas deseosos de aprender y evolucionar. Esto, lejos de ser malo, es de lo más positivo que tiene esta afición, sobre todo si quien sabe está deseoso de enseñar a los demás y no se guarda su sapiencia para sí mismo.

Confieso aquí que me gustaría ser un émulo (no puedo serlo porque no practico ni mucho ni poco) sobre todo de Julio Fuente, un artista de las alas y las hélices al que no tengo la suerte de conocer en persona. Soy ya talludito para tener ídolos (esa tontada adolescente), pero sí hay un puñado de modelistas de los que también me gustaría aprender más (emular más) si tuviese más tiempo y la debida dedicación para mejorar.

Dejados taxonómicamente a un lado los celos y la emulación, parecidos a la envidia pero que no lo son, centrémonos de una vez en el dichoso zombi de ojos glaucos. Decía más arriba que los celos y la envidia se alimentan de la comparación, y es que el envidioso es un ser que se compara con los demás y, naturalmente, siempre sale perdiendo en su fuero interno. Disminuido y acomplejado, en lugar de buscar la causa de su sufrimiento en sí mismo, hace culpables de él a otros. El problema de compararse con los demás es doble e insoluble: por un lado, el envidioso nunca podrá ser la persona envidiada ni tener exactamente sus mismas cualidades, es obvio el motivo. Por otra parte, aunque nuestro acomplejado individuo salga ganando en algunas comparaciones con otros (cree él), siempre acabará encontrando la horma de su zapato, y no en una persona, sino en varias. Siempre, como digo, alguien hará maquetas mejores que las suyas, es cuestión de tiempo.

El envidioso no lo sabe, pero en realidad está viviendo la vida de otros al medir la suya con las de sus supuestos oponentes. Los sigue por todas partes a ver qué dicen, qué hacen o hasta cómo se peinan. Si el envidiado publica algo en una revista, la compran para despotricar; si consigue un premio, pataleta;  si lo nombran en tal o cual sitio web, ya tenemos ardor de estómago para dos días y así sucesivamente. Ni se sabe el tiempo que puede durarle, mientras el cuerpo aguante, supongo.  Qué plan.  Dijo el escritor  Cela que en el pecado de la envidia iba la penitencia, y es verdad. Es curioso observar cómo esas emociones tan negativas tienen un correlato físico inmediato: ceño fruncido, labios apretados, enrojecimiento de la cara, manos cerradas o brazos cruzados. Parece que los antiguos no iban tan descaminados con los humores.

Hay modelistas que dicen que van a los concursos “a ver el nivel”. Lo que quieren decir en realidad es que van a comparar sus maquetas con las de otros, que en eso en definitiva consisten los concursos: unos señores comparan maquetas, eligen cuáles les gusta más y las premian. El hecho de buscar comparaciones no implica necesariamente que la criatura sea extremadamente envidiosa, algo sí, para qué vamos a engañarnos. Quien diga que nunca tuvo comezón por alguna maqueta de otro modelista, probablemente se encontrará en uno de estos tres casilleros: miente cual bellaco, tiene muy mala memoria o es un santo en la Tierra. Los concursos, por su misma naturaleza competitiva (y eso los pierde a mi juicio) son terreno abonado para los pateos, el despotrique y el runrún malintencionado por la espalda de los envidiosos. Sobre esto, más en otra entrada.

El modelista envidioso con alto grado de acidez puede pasar, por ejemplo, de comerse el marrón él solito a buscarle fallos a las maquetas de los demás de manera compulsiva, y de ahí a destilarle a otras personas esa inquina que siente buscando apoyos para su supuesta causa. En estos casos, si el personal es dado a dejarse seducir por malas lenguas como normalmente sucede, tenemos las riñas y disputas en público que tanto se han visto en foros y otras plazas. Y es que una de las características del envidioso es la impudicia, llega un momento en que no se toma ya la molestia de disimular la bilis y queda expuesta a la vista de todo el mundo. Tengo observado que la reacción del personal ajeno al asunto suele ser dar la callada por respuesta y mirar para otro lado o aplaudir para que siga el espectáculo. Es un error. Nadie está a salvo de la bilis del envidioso y sólo cuando nos toca de cerca comprendemos que nunca debimos dejarla crecer tanto. Lo que menos necesita un envidioso para curarse es público y atención. Lo que más necesita es racionalizar sus emociones y darse cuenta de que debería evitar pasarse la vida comparándose, un juego en el que nunca tocan premios por más papeletas que se compren. Es tan sencillo (y parece que tan difícil) como llegar a comprender que los méritos o la suerte ajenos no te hacen ni mejor ni peor a tí mismo. Mientras lo comprende, dejemos al envidioso bilioso que se cueza en su propia salsa a ver si algún día renace de sus cenizas como el Ave Fénix, limpio de verdín.♦

Acerca de scalator

Modelista por temporadas, horas, ratos y humores. Pocos aciertos, menos currículo y muchas ganas de incordiar al complacido paisanaje. No me busques en redes sociales ni concursos. Tampoco vivo de esto. Estoy por casualidad y de paso, como todo(s).
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